Hay una razón por la que un café en la calle parisina no es lo mismo que un jardín delantero californiano: la cortesía francesa adopta con frecuencia la forma de una distancia bien medida. A diferencia del imperativo del «small talk» amistoso de algunas ciudades anglosajonas, la atención francesa suele formularse de forma negativa: no se quiere molestar al otro, acercársele demasiado ni invadir su territorio. Esta práctica tiene raíces…
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