Cuando se piensa en basura en las playas francesas, suelen venir a la mente botellas de plástico, envases o colillas de cigarrillos. Están visibles en la arena, flotando en el agua o acumulándose entre las rocas y dunas. Pero otro tipo de desecho a menudo pasa desapercibido, aunque aparece millones de veces: el chicle.
Este problema ambiental aparentemente insignificante es al que se dedica la joven bióloga Marine Guilbaud, de La Rochelle. Con una idea inusual, ella busca no solo aliviar las costas, sino también aumentar la conciencia sobre un error común. Su proyecto parte de un lugar donde muchas personas ni siquiera sospechan un problema.
Porque los chicles modernos ya no están hechos de materias primas naturales. La masa para masticar contiene principalmente polímeros sintéticos derivados de la petroquímica. Dicho de otro modo: muchos chicles contienen plástico. Cuando un chicle escupido cae en la calle, en la arena o en la naturaleza, no desaparece simplemente. Permanece durante años, se descompone lentamente y puede finalmente convertirse en microplástico.
Un pequeño residuo con un gran impacto.
Las cis y municipios conocen este problema desde hace tiempo. Los chicles son uno de los objetos que más se tiran descuidadamente en espacios públicos. Debido a su tamaño pequeño, pasan casi desapercibidos. Sin embargo, la gran cantidad genera costos considerables. La eliminación de estos residuos pegajosos requiere procedimientos especiales de limpieza que consumen tiempo, personal y dinero.
En la costa, la situación se agrava aún más. El agua de lluvia arrastra los chicles hacia las alcantarillas, desde donde llegan a los ríos y finalmente al mar. Allí se suman a la enorme marea de residuos plásticos que pone bajo presión a los ecosistemas marinos.
Marine Guilbaud conoce estos vínculos gracias a su trabajo científico. Tras estudiar gestión ambiental y ecología costera, se enfocó intensamente en las consecuencias de la contaminación marina. De esta experiencia nació la idea de “CreaGum”, un proyecto que no ve los chicles como basura inútil, sino como materia prima.
El enfoque parece sorprendentemente sencillo.
Los chicles usados se recogen en puntos de acopio, se clasifican y se preparan. Luego se someten a un proceso de reciclaje que produce nuevos productos. El foco principal son juguetes de playa para niños. De algo que antes ensuciaba la arena, ahora se fabrican cubos, palas y otros objetos útiles.
Al principio suena casi un poco loco.
Pero ahí radica la fuerza de la idea. Un niño que juega en la playa con un juguete hecho de chicles reciclados se acerca al tema contaminación ambiental de una manera muy tangible. De conceptos abstractos como economía circular o microplásticos surge de repente algo que se puede tocar.
La iniciativa sigue así una tendencia que está ganando importancia en muchos sectores. Cada vez más empresas y municipios buscan formas de transformar residuos problemáticos en nuevas materias primas. Materiales que antes se desechaban directamente, reciben una segunda oportunidad.
CreaGum combina esta idea con un claro vínculo regional. La región costera alrededor de La Rochelle no solo es el área de actuación, sino también un símbolo para la protección de paisajes marinos delicados. La combinación de limpieza de playas, educación ambiental y reutilización crea un ciclo que involucra a cinos, turistas y municipios por igual.
Por supuesto, el reciclaje de chicles no resolverá la crisis mundial del plástico. Las cantidades son pequeñas comparadas con los enormes flujos de desechos en los océanos.
Pero a veces, las ideas pequeñas pueden tener un impacto especial.
Demuestran que la protección ambiental no siempre tiene que surgir de proyectos multimillonarios. A veces basta con una nueva mirada a las cosas cotidianas. Un chicle escupido descuidadamente parece insignificante. En realidad, cuenta una historia más grande sobre consumo, responsabilidad y el manejo de recursos.
El proyecto de Marine Guilbaud hace justamente eso visible. Transforma un residuo aparentemente insignificante en algo útil y recuerda que muchos problemas ambientales comienzan justo a nuestros pies. Quien observe con atención suele encontrar soluciones donde otros solo ven basura.
Por C. Hatty