864 intervenciones policiales desde principios de año.
Hay que saborear esta cifra.
Eso significa más de cuatro intervenciones por día. Día tras día. Semana tras semana. Mes tras mes. Coches de policía, controles, arrestos, redadas, luces azules, comunicados de prensa, informes de éxito. Un esfuerzo gigantesco, pagado por los contribuyentes, acompañado por políticos que demuestran determinación en cada oportunidad.
Y sin embargo, en Nantes siguen escuchándose disparos.
Aun así, las personas siguen muriendo.
Aun así, el narcotráfico prospera.
Algo no está bien.
Quizás los responsables deberían tener el valor de hacer la pregunta evidente: ¿Qué es exactamente lo que ha cambiado?
61 kilos de drogas confiscados. Cientos de arrestos. Armas aseguradas. Prohibiciones de estancia impuestas. Negocios cerrados.
Suena impresionante. Casi como el tráiler de una película de acción.
Pero mientras las estadísticas aumentan, los narcotraficantes parecen sorprendentemente tranquilos. Aparentemente poseen una habilidad notable: desaparecen por un momento, esperan el siguiente control policial y luego continúan como antes.
Casi se podría pensar que los criminales siempre están varios pasos por delante de las autoridades.
Uno o dos.
O diez.
Porque si después de cientos de intervenciones la gente sigue siendo asesinada en la calle, ya no se trata solo de un problema de seguridad. Estamos hablando de un sistema que se ha arraigado profundamente en ciertos barrios. De mundos paralelos que se impresionan muy poco con conferencias de prensa y anuncios marciales.
La verdad es incómoda.
Se puede eliminar un punto de venta.
Se pueden eliminar diez puntos de venta.
Se pueden eliminar cien puntos de venta.
Pero mientras las redes detrás sigan existiendo, es como intentar apagar un incendio forestal con un vaso de agua.
Por supuesto, se necesita policía. Por supuesto, los narcotraficantes deben ser perseguidos y las armas confiscadas. Nadie pide lo contrario.
Pero si los mismos problemas reaparecen año tras año, y si la violencia incluso aumenta, ya no basta con repetir las mismas cifras y esperar la siguiente gran intervención.
Los ciudadanos de Nantes tienen derecho a la sinceridad.
Tienen derecho a saber por qué, a pesar de cientos de intervenciones, los tiroteos no desaparecen.
Tienen derecho a saber por qué barrios enteros siguen sufriendo bajo el dominio de grupos criminales.
Y tienen derecho a esperar más que estadísticas.
Porque tarde o temprano, cualquier informe de éxito pierde su brillo.
Al menos, cuando las balas siguen volando.
Después de 864 intervenciones, la situación no parece una victoria del Estado.
Sino la prueba de que el Estado lucha contra un problema que hasta ahora no ha logrado controlar realmente.
Ese es el auténtico mensaje detrás de este número.
Y por eso no debería tranquilizar a nadie.
Un comentario de Andreas M. Brucker