Hace apenas dos años, el mensaje era inequívoco: Francia debía protegerse a toda costa del auge de la extrema derecha. Se movilizó a millones de votantes para impedir al Rassemblement National. Se trataba de democracia, valores republicanos y del famoso cordón sanitario. Quien votaba a la derecha, decía el mensaje, jugaba con el futuro de la República.
¿Y hoy?
De repente, muchas cosas suenan sorprendentemente familiares. Cuotas de limitación de la migración. Mayor dureza en el derecho penal. Autoridad. Seguridad. Identidad nacional. Conceptos que ayer todavía se consideraban el sello distintivo de la oposición conservadora y de derechas son hoy retomados por quienes antes se presentaban como el modelo contrario.
Qué asombrosa metamorfosis política.
Al parecer, una idea deja de ser peligrosa en cuanto la pronuncia un político del centro político. La misma exigencia, el mismo contenido, solo que con otro carné de partido. Una posición supuestamente inaceptable se convierte de la noche a la mañana en una idea de reforma responsable. ¿Quién puede seguir realmente este espectáculo?
Por supuesto, la política puede cambiar. Debe reaccionar ante nuevas realidades. La migración, la delincuencia y las tensiones sociales son desafíos reales de los que un Gobierno debe hablar. Pero una cosa distinta es alzar durante años el dedo acusador moral y adoptar después precisamente los temas que antes se consideraban inaceptables.
Esto parece menos una convicción que un cambio de estrategia mal disimulado.
La verdadera ironía reside en que se está produciendo precisamente la evolución de la que supuestamente se quería proteger a los votantes. Durante años se explicó que los partidos de derechas no debían bajo ningún concepto determinar el debate político. Hoy lo determinan más que nunca, no necesariamente porque gobiernen en todas partes, sino porque sus temas han sido asumidos ya por casi todos.
Casi podría decirse que el mayor éxito político del Rassemblement National consiste en que sus adversarios hablan ahora su lenguaje.
Gabriel Attal es solo el ejemplo más reciente. Quien quiera ser presidente en 2027 parece creer ahora que ya no tiene ninguna posibilidad sin dureza en política migratoria, sin retórica de seguridad y sin autoridad demostrativa. Puede que esto resulte comprensible desde una perspectiva electoral. Sin embargo, plantea una incómoda pregunta: ¿qué representaba realmente el macronismo si al final acaba orientándose hacia aquellos contra quienes fue fundado?
Aún más preocupante es el efecto de esta señal sobre los cinos. La política vive de la credibilidad. Quien ayer afirmaba que determinadas posiciones ponían en peligro la democracia, pero hoy las adopta él mismo, no debería sorprenderse del creciente desencanto con la política. ¿Por qué los votantes deberían seguir distinguiendo entre el original y la copia si ambos transmiten cada vez más los mismos mensajes?
Quizá estemos asistiendo a la mayor ironía política de la Quinta República. Las últimas elecciones presidenciales se ganaron con la promesa de preservar a Francia de un giro a la derecha. Ahora, la próxima campaña electoral parece librarse precisamente intentando acercarse lo más posible a esos mismos temas.
Un juego peligroso.
Porque si todos creen que solo se pueden ganar elecciones con eslóganes cada vez más duros, no solo se desplaza la campaña electoral, sino todo el sistema de coordenadas políticas. El centro se mueve hacia la derecha, la derecha establece nuevos estándares y, al final, los mismos políticos se preguntan por qué el original sigue pareciendo más creíble que cualquier copia, por hábil que sea.
Quizá esta sea la lección más amarga de esta evolución: quien moviliza durante años contra el adversario político y luego adopta su agenda, acaba fortaleciéndolo más de lo que jamás podría hacerlo cualquier discurso de la oposición.
P. Tiko