Francia tiene una nueva palabra favorita: “soberanía alimentaria”. Suena a independencia, autodeterminación y fortaleza nacional. ¿Quién podría estar en contra? ¿Quién querría importar alimentos de ultramar cuando pueden crecer justo en su propia puerta?
La respuesta del gobierno es muy simple: si los agricultores protestan, relajan las normas. Si los agricultores pudieran protestar de nuevo, las relajan un poco más. Y si con ello desaparecen humedales, se secan ríos o especies animales pierden su último refugio – bueno, la naturaleza no bloquea autopistas ni tira basura frente a ministerios.
La verdadera tragedia de esta nueva ley agrícola no está en sus párrafos individuales, sino en su mensaje. Francia de repente actúa como si tuviera que decidir: o agricultura o medio ambiente. O alimentación o biodiversidad. O el agricultor o el castor.
Qué comparación más absurda.
Porque la naturaleza no es la enemiga de la agricultura. Es su condición previa. Sin agua no hay cosecha. Sin insectos polinizadores no hay árboles frutales. Sin suelos saludables no hay soberanía alimentaria. Quien corta la rama en la que está sentado no debe sorprenderse si algún día cae.
Muy notable es la velocidad política de este giro. Durante años se explicó a los ciudadanos que el cambio climático era el mayor desafío de nuestro tiempo. La protección de la biodiversidad era indispensable. El agua se convertiría en el bien más preciado del siglo.
Luego llegan unos meses de protestas campesinas – y de repente la política descubre que las normativas ambientales parecían más bien decoración sin compromiso.
La naturaleza tiene un problema estructural: no tiene un lobby con columnas de tractores. Las ranas no marchan hacia París. Los humedales no bloquean prefecturas. Las abejas no organizan huelgas generales. Simplemente desaparecen. Silenciosamente. De forma irreversible.
Por desgracia, esa es precisamente su debilidad política.
Así un proyecto de ley para apoyar la agricultura se convierte en un documento de capitulación política. No ante los agricultores – cuyas preocupaciones a menudo son legítimas – sino ante la idea de que se puedan resolver conflictos a corto plazo agravando problemas a largo plazo.
Francia hoy celebra la agricultura. Eso es comprensible. Pero llegará la factura. Y entonces podría resultar que la soberanía alimentaria en un campo seco sea un concepto tan convincente como la navegación marítima sin agua.
La naturaleza no hace demandas. No escribe peticiones. No vota.
Solo reacciona. Y sus juicios son definitivos.