Francia puede hacer muchas cosas. Puede organizar la disuasión nuclear. Financiar portaaviones. Anunciar miles de millones en proyectos de soberanía estratégica. Puede intervenir en África, dar lecciones en Bruselas, mostrar firmeza en Washington si no se respeta lo suficiente a una gran potencia.
Sin embargo, Francia obviamente no puede conseguir una cita con un oftalmólogo en cinco meses para un jubilado de 62 años del departamento de la Creuse.
Esta es la verdadera crisis nacional del país. No la tasa de déficit. Ni la carga de la deuda. Ni siquiera la división política. Sino este colapso diario y silencioso del orden normal.
Imaginen una escena así: un ciudadano ha esperado medio año para reservar una cita con un especialista. Su esposa conduce ochenta kilómetros para ver al siguiente ginecólogo disponible. Su hijo no encuentra médico de familia. Pero en la televisión, un primer ministro declara solemnemente con el aire de un político que Francia debe ahora emprender una modernización militar geopolítica, inversiones estratégicas y, al mismo tiempo, reorganizar el presupuesto fiscal.
En otras palabras: hay financiación para misiles cohete, pero no para exámenes de la retina.
Es este desequilibrio absurdo lo que hace que la situación política actual de Francia sea tan explosiva. El Estado francés no se está volviendo insignificante, todo lo contrario. Es extremadamente caro, la burocracia es grande y solemne, y la retórica está en todas partes. Supervisa, planifica, reforma y se reúne continuamente. Pero los ciudadanos sienten cada vez menos la presencia del Estado allí donde verdaderamente importa.
El famoso “desierto médico” es mucho más que un problema de salud. Simboliza un país que aún se presenta como una fuerza de protección social, mientras que la realidad pública lleva tiempo contando una historia completamente diferente.
Antes, la República significaba escuelas, hospitales, estaciones de tren, oficinas postales—en todas partes donde mirabas. Ahora, la República a menudo significa formularios en línea, esperar por teléfono y mensajes que dicen que el especialista más cercano está, lamentablemente, a dos provincias de distancia.
Cuando el presidente habla de soberanía europea, millones de franceses están perdiendo la soberanía sobre su propia vida cotidiana.
El riesgo político detrás de esto es enorme. Tradicionalmente, Francia solo acepta impuestos elevados, cargas pesadas y un gobierno central fuerte bajo una condición: el Estado debe funcionar bien, proteger tangiblemente a su gente y deben existir las recompensas de la República.
Pero es precisamente este contrato social el que empieza a desmoronarse.
Un país que se presenta como una potencia mundial pero ya no puede garantizar servicios básicos de atención sanitaria a sus ciudadanos, en última instancia no parece poderoso, sino agotado.
Quizá esta sea la verdadera tragedia de una gran potencia: moderniza las armas nucleares—pero al mismo tiempo pierde la conexión con su propia gente.