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Nachrichten.fr · July 9, 2026

Cuando el Estado se otorga más confianza a sí mismo que a sus tribunales

Francia debate de nuevo el monopolio de la violencia del Estado – y la cuestión de hasta dónde puede llegar su amparo legal. Con el proyecto de ley aprobado en primera lectura por la Asamblea Nacional, que bajo determinadas circunstancias introduciría una presunción automática de la licitud del uso de armas de fuego por parte de la policía y la gendarmería, la República toca un nervio constitucional sensible: la relación entre la autoridad estatal y el control propio del Estado de derecho.

El enfrentamiento político se desarrolla con una dureza poco habitual. Los opositores hablan de un «permis de tuer», de un «cheque en blanco para matar». La expresión es deliberadamente contundente y no hace justicia por completo a las sutilezas jurídicas del texto legal. No obstante, apunta a una preocupación legítima: no es tanto la ampliación de las facultades de disparo lo que centra la crítica, sino el desplazamiento de la carga de la prueba y la consiguiente alteración del equilibrio del Estado de derecho.

Más que una modificación técnica de la ley

Los partidarios de la reforma sostienen que hoy en día los agentes de policía quedan, tras cada intervención con arma de fuego, sometidos de facto a una sospecha generalizada. Las investigaciones suelen durar meses o años y cargan considerablemente contra los funcionarios, aunque la mayoría de las actuaciones se demuestren después como lícitas. Una presunción legal de licitud tendría, por tanto, ante todo la finalidad de crear seguridad jurídica y respaldar a los efectivos.

La idea es comprensible. Los agentes de policía toman decisiones sobre la vida y la muerte en fracciones de segundo. Actúan bajo una enorme presión psicológica y son responsables de la seguridad ajena. Un Estado democrático no puede dejar desprotegidos a quienes hacen cumplir sus leyes.

Pero aquí comienza el problema real. El Estado de derecho no se sostiene porque sus órganos gocen de una confianza especial, sino porque sus actuaciones pueden ser examinadas de forma independiente. Precisamente porque el Estado posee el monopolio de la violencia legítima, su uso debe estar sometido a controles muy estrictos.

Una presunción legal a favor de la licitud de la violencia estatal altera este principio. Puede ser refutable; sin embargo, desplaza el punto de partida de todo procedimiento de investigación.

Las lecciones de la reforma de 2017

El debate actual no puede entenderse sin mirar al año 2017. Entonces se unificaron y, en parte, ampliaron las condiciones para el uso de armas de fuego. En particular, frente a vehículos cuyos conductores se niegan a someterse a un control, emergió un mayor margen de actuación.

Desde entonces se discute si el número de disparos mortales por parte de la policía por intentos de fuga ha aumentado y si la reforma es realmente responsable de ello. Científicos, sindicatos policiales y el Ministerio del Interior llegan en ocasiones a valoraciones distintas. Lo indiscutible, no obstante, es que la reforma aumentó considerablemente la sensibilidad social respecto al uso de armas de fuego.

Por eso muchos penalistas miran con escepticismo cualquier relajación adicional. No porque desconfíen de la policía, sino porque temen que las señales jurídicas puedan influir en la práctica operativa. El derecho crea expectativas: no solo entre los jueces, sino también entre quienes lo aplican.

Por qué la resistencia va mucho más allá de la izquierda

Es notable que la protesta no provenga exclusivamente de la oposición de izquierdas. Organizaciones de derechos humanos, exmagistrados, defensores penales y juristas de renombre advierten también contra una posición privilegiada para las fuerzas de seguridad del Estado.

Sus objeciones son en su mayoría de naturaleza jurídica. Consideran que está en juego el principio de igualdad, según el cual para todos los cinos deben regir, en principio, los mismos criterios penales. Otorgar a un determinado colectivo profesional una presunción legal de inocencia equivale necesariamente a crear una excepción respecto al derecho general.

Así surge una cuestión de fondo: ¿Debe el Estado mostrar más confianza a sus funcionarios que a los tribunales independientes encargados de examinar cada caso concreto? El Código de Enjuiciamiento Penal francés ya contempla hoy amplias garantías para los imputados –incluidos los agentes de policía. Las investigaciones no son una condena previa. Sirven precisamente para determinar objetivamente la licitud o ilicitud de una actuación.

Seguridad y libertad no son opuestos

La tentación política es comprensible. Francia soporta desde hace años una intensa carga sobre sus fuerzas de seguridad. El terrorismo, la criminalidad organizada, las bandas de narcotráfico y el aumento de la violencia contra los policías generan una enorme presión para actuar. Quienes se enfrentan cada día a delincuentes armados exigen con razón un marco jurídico claro.

Pero la seguridad no nace únicamente de mayores márgenes de actuación. Igual de decisivo es la confianza de la población en la neutralidad de la acción estatal. Esa confianza no crece con menos control, sino con procedimientos transparentes y una justicia independiente.

Precisamente los Estados democráticos se distinguen de los sistemas autoritarios en que incluso sus órganos de seguridad están en todo momento sujetos al control judicial. Ese control protege no solo a los cinos, sino, en última instancia, a la propia policía. Un funcionario que actúa conforme a la ley se beneficia mucho más de un procedimiento investigativo creíble que de una presunción legal que dé la impresión de privilegios especiales.

Francia se enfrenta, por tanto, a una decisión que va mucho más allá de la coyuntura de seguridad actual. No se trata solo de la protección de la policía ni de los derechos de posibles víctimas. Se trata de la cuestión de cómo una república legitima su monopolio de la violencia. En un Estado liberal de derecho, la autoridad estatal no puede apoyarse en presunciones, sino que debe renovar constantemente su legitimidad mediante un control independiente. Ahí reside, precisamente, su verdadera fortaleza.

Daniel Ivers