A menudo empieza de forma repentina. Una calle queda a oscuras, pocas horas después la siguiente manzana. En Villeurbanne, la ciudad vecina inmediata de Lyon, una serie de robos de cobre está provocando creciente inquietud. Barrios enteros pierden por la noche su alumbrado público — con consecuencias que van más allá de un fallo técnico.
«Cuando uno va a pie, hay que tener cuidado», dicen ahora muchos habitantes. La frase suena banal, pero da en el clavo. Porque la falta de luz altera la vida cotidiana de forma inmediata. Los padres prefieren recoger a sus hijos en coche, las personas mayores evitan los desplazamientos nocturnos, los ciclistas avanzan más cautelosos por las intersecciones. Donde antes las farolas servían de orientación, de repente aparecen lagunas oscuras. Y la oscuridad transforma una ciudad.
Según el ayuntamiento, ya se han sustraído alrededor de diez kilómetros de cable de cobre. En determinados momentos se vieron afectadas unas cincuenta calles. Los autores parecen actuar de forma deliberada: abren arquetas, cortan líneas subterráneas y se marchan con el valioso metal. El cobre lleva años alcanzando precios altos en el mercado mundial — y eso es precisamente lo que convierte la infraestructura pública cada vez más en objetivo de robos organizados.
Especialmente delicado: la forma de actuar parece a la vez profesional y arriesgada. Algunas intervenciones se realizan en plena noche, en ocasiones sobre líneas que aún están bajo tensión. Los empleados del servicio de alumbrado hablan de daños que no se reparan en un santiamén. A menudo faltan cables nuevos a corto plazo y las piezas de sustitución llegan con retraso. Por eso hay calles que permanecen oscuras durante días.
La administración municipal intenta reaccionar. Patrullas de control deben detectar daños nuevos más rápido y los ciudadanos ya comunican las farolas averiadas directamente a las autoridades. A principios de mayo la policía detuvo in fraganti a un hombre de 46 años. Pero nadie da la alerta por descartada. Los casos ocurren con demasiada frecuencia.
El caso de Villeurbanne muestra un problema que desde hace tiempo ocupa a muchas ciudades francesas. Hoy el robo de cobre no afecta solo a obras o instalaciones industriales. Cada vez con más frecuencia caen en la diana redes eléctricas, infraestructuras ferroviarias o el alumbrado público. El valor material en sí parece casi secundario — los costes derivados se disparan. Y, sobre todo, crece la sensación de que incluso la infraestructura básica se ha vuelto de pronto vulnerable.
En Villeurbanne esta evolución choca además con un terreno especialmente sensible. La ciudad ha vuelto a aparecer en los titulares por la delincuencia relacionada con las drogas, la violencia y la creciente inseguridad. Si ahora además quedan tramos enteros de calles a oscuras, muchos habitantes ven reforzada una sensación difusa de pérdida de control. Como si dijeran: primero desaparecen los cables, luego la sensación de seguridad.
Porque la luz en las ciudades modernas cumple mucho más que una función práctica. Las calles iluminadas transmiten presencia, orden y orientación. Donde falta claridad, el comportamiento de las personas cambia casi de forma automática. Las plazas se vacían antes, los recorridos parecen más amenazantes y la ciudad se repliega por la noche sobre sí misma.
Y ahí radica la verdadera trascendencia de estos robos. Una farola parece algo cotidiano — hasta que de pronto falta.