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Nachrichten.fr · May 28, 2026

Cuando París se inunda: Francia lucha contra las peligrosas fiestas en hidrantes

Cuando el calor azota Francia y el asfalto en los suburbios de París brilla al sol, algunas calles se transforman de repente en parques acuáticos improvisados. Niños corren gritando entre chorros de agua de varios metros, jóvenes graban la escena con sus móviles, vecinos se sientan en sillas de camping al borde de la calle. Por un breve momento, todo parece una fiesta de verano en medio de la gran ciudad.

Pero detrás de estas imágenes espectaculares se esconde un problema que cada vez pone más nerviosas a las autoridades.

Con cada nueva ola de calor, en Francia reaparece el llamado «Street Pooling». Consiste en abrir ilegalmente hidrantes —las famosas «bouches à incendie»— para crear fuentes de agua potable con el fin de refrescarse. La zona más afectada es la densamente poblada Île-de-France alrededor de París. Allí, en muchos barrios faltan piscinas públicas gratuitas, áreas verdes o lugares públicos donde la gente pueda relajarse cuando las temperaturas superan los 35 grados. Por eso, algunas personas optan por abrir directamente el grifo.

Lo que en TikTok o Instagram parece una diversión veraniega inocente, en realidad pone muy nerviosos a los bomberos y a las compañías suministradoras de agua.

Porque en cuanto se abre un hidrante, la presión del agua en la red puede disminuir drásticamente. En el peor de los casos, a los bomberos les falta precisamente la presión necesaria para los camiones de bomberos durante un incendio. Los equipos de emergencia llevan años reportando situaciones donde hidrantes abiertos afectan a calles enteras. Esto puede tener consecuencias fatales, especialmente en zonas residenciales densamente pobladas.

A esto se suman las inundaciones, sótanos llenos de agua y garajes subterráneos dañados. El agua sale con enorme fuerza de las tuberías, derriba señales de tráfico, socava aceras y convierte cruces en pequeños lagos en cuestión de minutos. Los conductores pierden el control en las calles mojadas, los peatones se caen, y los cables eléctricos se acercan peligrosamente a los chorros de agua. A veces, sólo hace falta una coincidencia desafortunada para que los bomberos tengan que intervenir no por el calor, sino por un grave accidente.

Lo que resulta especialmente paradójico es el enorme desperdicio de agua.

Francia lleva años enfrentando sequías, descenso del nivel freático y períodos cada vez más frecuentes de falta de lluvia. Los municipios debaten restricciones de agua, agricultores temen por sus cosechas, y en algunas regiones ya se discute cómo manejar la escasez de agua. Sin embargo, en pocas horas desaparecen miles de litros de agua potable sin control en plena vía pública. Una sola tubería abierta puede perder hasta 80 metros cúbicos de agua por hora —una cantidad que podría abastecer a muchas viviendas durante varios días.

Además, muchas personas subestiman el riesgo de lesiones. La fuerza del agua que sale de un hidrante es enorme. En los últimos años, algunos chorros han lanzado niños varios metros por el aire, y algunos sufrieron heridas graves. Por eso, los bomberos ya no lo ven como una travesura juvenil, sino como un serio peligro para la seguridad pública.

Francia ha empezado a tomar medidas más estrictas. Las ciudades instalan anillos protectores especiales en los hidrantes, aumentan las inspecciones y amenazan con multas severas y penas de prisión por daños a la propiedad pública. Sin embargo, estos sistemas de seguridad cuestan millones a los municipios —dinero que falta para otros asuntos.

Este debate revela, sobre todo, una cosa: el cambio climático no solo modifica las temperaturas, sino también la vida urbana. Cuando el calor se combina con la desigualdad social, surgen nuevos conflictos. Los niños buscan refrescarse, las familias huyen de viviendas sofocantes, y la infraestructura pública llega a sus límites. Por eso, los hidrantes abiertos son mucho más que simple vandalismo. También son un síntoma de que muchos espacios urbanos no están preparados para veranos extremos.

Y ahí radica la verdadera bomba de estas imágenes.

Andreas M. Brucker