Creuse es uno de los departamentos más verdes y ricos en agua del centro de Francia. Por eso resulta aún más alarmante lo que ocurre allí este verano: en algunos ríos y arroyos se han medido temperaturas del agua de hasta 32,9 grados, valores que en ocasiones incluso superan la temperatura del aire. Lo que al principio parece un fenómeno meteorológico excepcional revela en realidad la magnitud de una crisis ecológica.
Desde hace meses no llega la lluvia tan necesaria. Numerosos cursos de agua pequeños apenas llevan una fracción de su caudal habitual, y algunos tramos de arroyos ya se han secado por completo. Allí donde el agua apenas fluye, se calienta con especial rapidez bajo la intensa radiación solar. Los ríos vivos se convierten en algunos lugares en estrechos hilos de agua o en charcas aisladas entre sí.
Las consecuencias para la naturaleza son graves. El agua cálida puede almacenar bastante menos oxígeno que el agua fría. Al mismo tiempo, a temperaturas elevadas aumenta el metabolismo de los peces y otros organismos acuáticos, lo que incrementa su necesidad de oxígeno. El bajo nivel del agua, las altas temperaturas y la falta de oxígeno se refuerzan mutuamente: una combinación peligrosa que lleva a especies sensibles como las truchas al límite de su resistencia. En las pozas aisladas, muchos animales terminan sin posibilidad alguna de desplazarse a zonas más frescas.
Ante esta evolución, las autoridades han reaccionado y han prohibido temporalmente por completo la pesca en aguas dulces. La prohibición afecta a todas las especies de peces y métodos de captura. El objetivo no es solo proteger las poblaciones de nuevas extracciones. Incluso capturar y después liberar a los animales supone un estrés considerable para ejemplares debilitados, que en las condiciones actuales a menudo determina la diferencia entre la vida y la muerte. Al mismo tiempo, los responsables apelan a la población para que no someta a una carga adicional los puntos de agua que quedan.
Creuse es así un ejemplo de una evolución que hace tiempo dejó de afectar únicamente al seco sur de Francia. El verano de 2026 trae niveles excepcionalmente bajos, suelos resecos y olas de calor recurrentes en amplias zonas del país. En numerosos departamentos se aplican restricciones al consumo de agua, mientras ríos y lagos alcanzan temperaturas inusualmente elevadas.
Precisamente en Creuse, esta evolución resulta especialmente contradictoria. La región es conocida por sus bosques, pastos y numerosos arroyos, que han marcado la agricultura y la ganadería durante generaciones. El agua siempre se consideró aquí una parte natural del paisaje. Ahora queda patente con qué rapidez puede tambalearse esta imagen.
La situación actual deja claro que la sequía significa mucho más que la cuestión de si todavía sale agua del grifo. Mucho antes de que el suministro de agua potable esté en peligro, los ecosistemas sensibles se ven sometidos a presión. Los humedales se secan, los hábitats quedan separados entre sí y tramos enteros de ríos pierden su función ecológica.
Francia responde a estos fenómenos con una gestión escalonada de la sequía. Según la gravedad de la escasez de agua, se aplican distintas medidas, desde los primeros niveles de alerta hasta restricciones de gran alcance en el uso del agua. Las prioridades son garantizar el suministro de agua potable y proteger las masas de agua.
Por ello, la medición de 32,9 grados simboliza un cambio que se hace cada vez más evidente. Cuando, en un departamento tradicionalmente rico en agua, el agua de los ríos está más caliente que el aire ambiente, la transformación ya no se manifiesta solo en estadísticas o modelos climáticos. Está literalmente a la vista, en el propio lecho del río.