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Nachrichten.fr · May 28, 2026

El ajuste de cuentas tardío con el «Code noir»

La Asamblea Nacional francesa debate estos días sobre un documento que lleva casi dos siglos sin tener fuerza legal, pero que aún vive en la memoria colectiva de Francia como pocos textos del pasado colonial. La resolución para la “abolición” simbólica del llamado Code noir puede no tener consecuencias jurídicas. Sin embargo, políticamente toca una fibra sensible de la República francesa: la cuestión de cómo un país maneja los capítulos oscuros de su propia historia sin romperse por ello.

El hecho de que el Parlamento en 2026 todavía discuta un edicto de 1685 dice mucho sobre la Francia contemporánea. Ya no se trata solo de técnica jurídica o dogmática legal. Se trata de memoria, identidad y el dominio interpretativo sobre la historia nacional.

El Code noir fue uno de los instrumentos centrales del imperio colonial francés. Creado bajo Luis XIV, codificó la esclavitud en las Antillas francesas y otorgó un orden legal a un sistema económico cuyo bienestar se basaba en la desposesión y la violencia. En él, el ser humano fue declarado cosa mueble; los castigos corporales, la imposición religiosa y el control social eran regulados por el Estado. El documento expresaba una época donde la razón económica y la política monárquica formaban una alianza con la deshumanización sistemática.

No sorprende que Francia hoy intente distanciarse simbólicamente de este texto. Lo notable es cuán difícil le resulta al país dar este paso.

Desde el punto de vista jurídico, el Code noir hace tiempo que no existe. Con la abolición definitiva de la esclavitud en 1848, sus disposiciones dejaron de tener efecto. Ningún tribunal podría invocarlo hoy, ni acto administrativo lo legitimaría. El texto pertenece a los archivos históricos, no al derecho positivo. Por eso, quien pide ahora su “abrogación” realiza conscientemente una política simbólica.

Pero ahí reside el verdadero significado del debate. Las democracias modernas viven no solo de sus instituciones sino también de sus auto-descripciones morales. Los parlamentos adoptan resoluciones no solo para crear normas, sino también para posicionamientos históricos. Francia lo hace regularmente: con leyes en recuerdo del Holocausto, con el reconocimiento del genocidio armenio o con la legislación Taubira de 2001, que clasifica el comercio de esclavos y la esclavitud como crímenes contra la humanidad.

La resolución actual se inscribe en esta tradición. Pretende menos crear derecho que enviar una señal republicana: el Estado francés reconoce que la esclavitud no fue solo una falta histórica de actores aislados, sino que fue institucionalmente organizada y legitimada.

Al mismo tiempo, el debate revela los límites de una política de memoria cada vez más ritualizada. Francia ha estado durante años en un campo de tensión entre la necesaria revisión histórica y una especie de auto-cuestionamiento moral permanente. La sombra colonial llega profundamente al presente — visible en las desigualdades sociales en los territorios de ultramar, en los conflictos de identidad en los suburbios o en los acalorados debates sobre símbolos nacionales y programas escolares. Pero cuanto más se politiza la historia, mayor es el riesgo de su instrumentalización.

Los críticos de la resolución hablan, por lo tanto, de un vacío simbólico. “Abolir” nuevamente un texto obsoleto desde 1848 parece un espectáculo parlamentario sin consecuencias prácticas. De hecho, cabe preguntarse si el uso inflacionario de resoluciones históricas conlleva a largo plazo una desvalorización de la memoria política. Si toda culpa histórica se renegocia simbólicamente en el Parlamento, surge fácilmente la impresión de una república que nunca puede cerrar su pasado.

Este escepticismo no está del todo infundado. La política de memoria siempre conlleva el riesgo de reducir la complejidad histórica a certezas morales. El colonialismo francés fue un sistema de opresión, pero también parte de las dinámicas históricas de las que surgió la república moderna. La historia de Francia no es exclusivamente una historia de la Ilustración ni exclusivamente una historia de opresión. Es ambas cosas a la vez, y precisamente esa ambivalencia hace difícil su procesamiento político.

Pero la postura contraria también es insuficiente. Quienes descartan las gestos simbólicos como inefectivos subestiman el poder de los signos políticos. Los estados no se constituyen solo por leyes sino por narrativas compartidas. Para muchas personas en Guadalupe, Martinica o Guayana, el Code noir no es un documento histórico abstracto, sino un símbolo de siglos de desposesión, cuyas consecuencias sociales y culturales aún se sienten. Que la república ahora condene expresamente este texto tiene relevancia política — aunque no cambie ninguna realidad material.

El verdadero desafío está, por lo tanto, menos en la resolución misma que en lo que viene después. La memoria por sí sola no reemplaza la política social, las reformas educativas ni un enfrentamiento serio con las desigualdades estructurales. Una república que se limita a actos simbólicos corre el riesgo de una autocomplacencia moral sin consecuencias prácticas.

La actual disputa sobre el Code noir revela en última instancia un desarrollo más profundo: Francia está en medio de una renegociación de su autocomprensión histórica. El modelo de universalismo republicano, que durante mucho tiempo asumió que el origen individual no debía importar en el espacio público, está cada vez más bajo presión. Cuestiones sobre la historia colonial, el origen y la memoria cultural ya no pueden ser marginadas.

Sería un error interpretar el debate como un signo de debilidad nacional. Las democracias demuestran su estabilidad precisamente porque son capaces de discutir abiertas sus propias contradicciones. Por eso, el manejo del Code noir no es más un signo de autodestrucción francesa que la expresión de un país que ha aprendido a soportar simultáneamente la grandeza y la culpa histórica.

Si la resolución se aprueba o no probablemente no tendrá consecuencias legales. Pero políticamente, el debate marca un nuevo paso en ese largo proceso con el que Francia intenta integrar su legado colonial en la narración republicana. Este proceso no será rápido ni carente de contradicciones. Pero quizá esa inquietud sea el precio de una cultura democrática de la memoria que no reprime la historia, sino que la negocia públicamente.

Por Andreas Brucker