Resulta impresionante. En pleno París se alza un gigante de hormigón de 210 metros de altura del que ya caen regularmente cristales de ventanas y partes de la fachada a la calle, y la verdadera sorpresa no es que ocurra. La sorpresa es que, hasta ahora, nadie haya muerto bajo esos escombros.
Quizá ya forme parte del paisaje urbano. La Torre Eiffel, Notre-Dame, el Louvre y la Tour Montparnasse como símbolo monumental de la maestría con la que se pueden dejar pudrir los problemas. Año tras año se debate, se planifica, se discute y se hacen cálculos. Mientras tanto, las ventanas de las plantas superiores se despiden y buscan su propio camino hacia el asfalto.
Por supuesto, después de cada incidente sigue el ritual habitual. Acuden los bomberos. Se cortan las calles. Los expertos descienden con cuerdas por la fachada. Los políticos se muestran preocupados. Los propietarios remiten a cuestiones de financiación aún pendientes. Después vuelve a reinar la calma, hasta el próximo cristal que cae.
Uno se pregunta inevitablemente: ¿qué se está esperando realmente? ¿La primera muerte? ¿Un coche alcanzado por varios cientos de kilos de vidrio? ¿O que los turistas solo fotografíen la torre en el futuro con casco de protección?
Hace tiempo que ya no se trata de arquitectura ni de la cuestión de si la Tour Montparnasse es bonita o fea. Los parisinos discuten sobre ello desde su inauguración. Se trata de seguridad. De responsabilidad. Y de la alarmante impresión de que los propietarios y los responsables de tomar decisiones prefieren mantener debates interminables antes que actuar por fin.
La disputa por sumas millonarias parece ya francamente grotesca. Para los planes de rehabilitación no parece haber dinero disponible. En cambio, las cintas de seguridad y las intervenciones de los bomberos aparentemente forman parte de la rutina calculada. Una notable escala de prioridades.
A París le gusta presentarse como metrópoli mundial, como ciudad de innovación, cultura y calidad de vida. Sin embargo, en medio de esta ciudad mundial se alza un rascacielos que se desmorona pieza a pieza. Precisamente en uno de los nudos de transporte más concurridos de la capital.
Quizá habría que reconvertir oficialmente la Tour Montparnasse. Ya no como edificio de oficinas, sino como monumento conmemorativo del arte administrativo francés. Entrada gratuita; se recomienda el uso de casco.
En algún momento, toda parálisis llega a su fin. La única pregunta abierta es: ¿ocurrirá mediante una actuación decidida o solo tras una tragedia? Quien no quiera responder a eso ya carga desde hace tiempo con parte de la responsabilidad.
C. Hatty