Volver

Nachrichten.fr · May 22, 2026

El “Spider-Man de París” vuelve a dejar sin aliento sobre los tejados de la capital

París volvió a mirar hacia arriba.

En plena luz del día, un joven colgaba de la fachada de vidrio de la Tour Montparnasse — sin cuerda, sin protección, solo con zapatillas deportivas y una calma casi incomprensible. Abajo se congregaban transeúntes, los smartphones se alzaban en el aire, los conductores detenían bruscamente sus coches al borde de la carretera. Por un momento, la capital francesa parecía el escenario de una película de acción, solo que real. Muy real.

El escalador: Alexis Landot, de 26 años, ya una figura conocida en la escena francesa del urban climbing. Apenas alcanzó la azotea del rascacielos de 210 metros de altura, la policía ya le esperaba. Detención, custodia, interrogatorio — el acostumbrado desenlace de tales acciones.

Y sin embargo, la verdadera historia comienza justo ahí.

Porque Landot no escaló cualquier edificio. La Tour Montparnasse posee entre los free climbers un estatus casi legendario. El oscuro coloso se alza como un monolito solitario en medio del mar de edificios parisinos. A muchos parisinos no les gusta demasiado el torreón desde un punto de vista arquitectónico, pero precisamente ese aislamiento le otorga un aire intimidante. Quien asciende por su fachada de vidrio está visible sobre toda la ciudad. Sin escondites. Sin red de seguridad.

Alexis Landot es para muchos considerado el sucesor espiritual de Alain Robert, aquel mundialmente famoso “Spider-Man francés” que desde los años 90 escala rascacielos por todo el mundo. En Francia, figuras así poseen casi un estatus cultural especial. Encarnan algo profundamente arraigado en la autoimagen nacional: el solitario que ignora las reglas y se enfrenta solo a la gravedad — y en cierta medida también al sistema.

Esto explica por qué las reacciones suelen ser sorprendentemente ambivalentes.

Oficialmente, las autoridades hablan de temeridad peligrosa. Las fuerzas de seguridad advierten regularmente sobre imitadores. Un movimiento en falso, una ráfaga de viento, un momento de agotamiento — y el espectáculo puede convertirse en tragedia en segundos. Por eso muchos de estos escaladores están siempre legalmente con un pie en el vehículo policial.

Al mismo tiempo, en la percepción pública frecuentemente se mezcla la admiración. En las redes sociales, numerosos usuarios celebraron a Landot como un deportista extremo o un acróbata callejero moderno. Algunos comentarios sonaban casi reverentes. Otros preguntaban medio en broma si Francia en secreto está formando superhéroes.

Quizás la fascinación sea más profunda.

Las imágenes de un solo ser humano en una pared de vidrio reflectante desencadenan algo instintivo — miedo y asombro a la vez. La mirada sigue automáticamente hacia arriba. Las manos empiezan a sudar aunque uno esté firmemente en tierra. En eso radica el extraño poder de tales acciones: transforman edificios comunes en paisajes de aventura vertical.

Y tocan una fibra sensible del presente.

En un mundo lleno de normas de seguridad, avisos de precaución y vigilancia digital, alguien como Alexis Landot parece casi una figura de otra época. Alguien que desactiva todos los mecanismos de protección y se fía solo de su intuición corporal, concentración y valor. O de locura — depende de a quién se le pregunte.

París ya ha visto estas imágenes antes.

Pero cada vez se produce esa pausa colectiva. Un ser humano cuelga sobre las calles de la capital, pequeño como un punto entre cielo y hormigón. Abajo la ciudad. Arriba el abismo. En medio, solo las yemas de los dedos.

A veces no se necesita más para dejar a todo un país sin palabras durante unos minutos.

Por Daniel Ivers