Ante los acantilados de tiza de la Costa de Alabastro, los 71 aerogeneradores del parque eólico marino de Fécamp ya forman parte del paisaje normando. Desde su puesta en servicio completa en 2024 generan electricidad para gran parte del Département Seine-Maritime. En tierra, sin embargo, siguen alimentando un debate apasionado sobre la transición energética, la protección del paisaje y las finanzas municipales.
Porque en Fécamp y los municipios circundantes el tema sigue siendo sensible. Algunos habitantes critican una industrialización paulatina de la costa y temen consecuencias a largo plazo para el medio marino, la pesca o la identidad turística de la región costera normanda. Los opositores al proyecto recuerdan que los litigios judiciales se prolongaron durante años antes de que las últimas impugnaciones fueran desestimadas definitivamente.
Otros, en cambio, consideran las enormes instalaciones en el mar como un símbolo de modernización energética y como una respuesta concreta a la dependencia de los combustibles fósiles. En una región históricamente vinculada a la industria y a la economía marítima, el parque marino representa además nuevos puestos de trabajo, infraestructura adicional e inversiones considerables alrededor de los puertos de Fécamp y Le Havre.
Pero lo que ha cambiado especialmente la percepción local son los efectos financieros.
Gracias al impuesto sobre la eólica marina redistribuido por el Estado francés, hoy varias comunas a lo largo de la Costa de Alabastro se benefician de nuevos ingresos que, en relación con su tamaño, resultan en algunos casos considerables. En total, diecisiete comunas costeras reciben una parte de los ingresos del parque eólico.
Para algunos pueblos pequeños esto supone una auténtica transformación de sus presupuestos municipales. En Bénouville, por ejemplo, el alcalde explica que el impuesto eólico equivale a alrededor del 50% de ingresos adicionales al año —y ello durante casi dos décadas. Con esos fondos se han podido financiar instalaciones públicas, carriles bici, equipamientos turísticos y proyectos locales que para una pequeña comuna rural antes habrían sido casi inalcanzables.
Ahí se muestra todo el gran paradoja de la eólica marina francesa: cuanto más controvertidos son los proyectos al principio, más visibles resultan sus ventajas económicas a nivel local una vez que las instalaciones entran en funcionamiento.
El debate se extiende ahora mucho más allá de Fécamp. A lo largo de toda la costa francesa, el Estado impulsa de manera masiva el desarrollo de la energía eólica marina. Para 2050 deberían crearse varias decenas de gigavatios de capacidad adicional. Tanto el Canal de la Mancha como la costa atlántica se consideran áreas clave para futuros proyectos.
Sin embargo, este desarrollo plantea una cuestión políticamente delicada: ¿hasta qué punto están dispuestas las regiones a aceptar tales infraestructuras a cambio de nuevos ingresos fiscales e incentivos económicos?
En Fécamp la respuesta hoy es notablemente ambivalente. A muchos habitantes todavía no les gustan los aerogeneradores. Al mismo tiempo, muchos reconocen que los ingresos generados financian hoy calles, instalaciones públicas, movilidad suave o proyectos turísticos.
En Normandía, como en otros lugares, la eólica marina muestra así una realidad típicamente francesa: la transformación ecológica suele aceptarse mejor cuando mejora de forma concreta la vida cotidiana de los municipios.
Andreas M. Brucker