Mientras los océanos enfrentan una presión creciente debido al cambio climático, la sobrepesca y la contaminación por plásticos, Francia intenta redefinir su papel como gran potencia marítima. Con motivo de la tercera Conferencia de las Naciones Unidas sobre los Océanos (UNOC) en Niza, hace casi un año, el gobierno francés anunció una serie de medidas de gran alcance destinadas a ampliar significativamente la protección de los ecosistemas marinos. El centro de estas medidas es la creación de la mayor zona marina protegida del mundo en la Polinesia Francesa, junto con nuevas iniciativas para combatir la contaminación por plásticos en el Mediterráneo.
Estas declaraciones no solo tienen un significado importante desde el punto de vista ambiental. También poseen una dimensión geopolítica: Francia cuenta con la segunda zona económica exclusiva más grande del mundo y se ve cada vez más como un actor líder en una política internacional marítima que debe conciliar la biodiversidad con el uso económico.
La mayor zona marina protegida del mundo
El paso más espectacular es la ampliación de la protección marina en la Polinesia Francesa. En el futuro, aproximadamente 4,8 millones de kilómetros cuadrados de superficie marina estarán protegidos allí. Esto implica que la zona protegida abarcará casi toda la zona económica exclusiva del territorio insular del Pacífico.
Lo más notable es la extensión de las áreas llamadas de protección estricta. En unas 900.000 kilómetros cuadrados, las intervenciones humanas estarán fuertemente limitadas o prohibidas por completo. El objetivo es preservar los hábitats sensibles frente a las consecuencias del uso industrial y garantizar áreas de refugio para especies amenazadas.
Las dimensiones reflejan la importancia del proyecto: la superficie de protección estricta equivale a más de una vez y media el tamaño de Francia. A nivel mundial, hay solo unas pocas áreas protegidas comparables en esta escala.
Para París, esta medida también tiene un significado estratégico. Los territorios de ultramar franceses otorgan al país una presencia marítima extraordinaria en todos los océanos del mundo. Precisamente en el Pacífico, el control y la gestión sostenible de los recursos marinos están adquiriendo cada vez más importancia frente a las crecientes rivalidades geopolíticas.
Más protección en las aguas francesas
Además de las medidas en Polinesia, el gobierno anunció una amplia expansión de la protección marina en todo el territorio francés. Para finales de 2026, se espera que el 78 por ciento de las superficies marinas francesas estén bajo alguna forma de protección. La proporción de áreas con protección estricta aumentará del 4,8 por ciento actual al 14,8 por ciento.
También en las aguas europeas francesas la situación irá cambiando significativamente. Allí, la proporción de áreas con protección estricta debe pasar del 0,1 por ciento hasta alcanzar el cuatro por ciento. Así, el gobierno responde a las críticas de numerosos científicos y organizaciones medioambientales que desde hace años señalan que muchas áreas protegidas existentes solo existen sobre el papel.
De hecho, numerosas zonas protegidas marinas francesas todavía permitían hasta ahora actividades económicas intensivas. Esto generó la impresión internacional de que el estatus de protección frecuentemente no estaba asociado a restricciones efectivas.
Las nuevas regulaciones están diseñadas para responder a esta acusación. Especialmente la pesca de arrastre en el fondo marino será objeto de mayor control por parte de las autoridades. Este método de pesca se considera especialmente problemático, ya que puede dañar de forma sostenible los arrecifes de coral, las comunidades de esponjas y las praderas de posidonia. Estos hábitats son algunos de los ecosistemas más ricos en especies de los océanos y juegan además un papel importante en la captura de carbono.
Lucha contra la avalancha de plásticos
Un segundo enfoque principal de la iniciativa francesa aborda la lucha contra la contaminación por plásticos. Hoy en día, se estima que los océanos contienen millones de toneladas de residuos plásticos. El Mediterráneo, en particular, sufre de forma grave debido a su limitado intercambio de aguas y se considera uno de los mares más contaminados del mundo.
En el marco del Convenio de Barcelona, los países ribereños del Mediterráneo se comprometieron a intensificar sus esfuerzos para reducir la entrada de plásticos. Francia quiere asumir un papel coordinador en este proceso.
El foco está en promover modelos de economía circular. La iniciativa “Circe.Med”, apoyada por París, reúne a más de 200 actores de la ciencia, la economía y la política. El objetivo es reducir la generación de desechos plásticos desde la fuente, fortalecer las estructuras de reciclaje y evitar que los residuos lleguen a los mares a través de los ríos.
Este enfoque se basa en un aprendizaje que se ha ido imponiendo en los últimos años: limpiar los mares contaminados es técnicamente complejo y costoso. Es más sostenible prevenir la entrada de plásticos desde el principio.
Impacto internacional
Los anuncios franceses están estrechamente vinculados con los objetivos globales de biodiversidad de las Naciones Unidas. En el centro está la llamada meta “30×30”: para el año 2030, al menos el 30 por ciento de las superficies terrestres y marinas del mundo deberán estar protegidas.
Hasta ahora, la proporción de áreas oceánicas protegidas está muy por debajo de este objetivo. Sin embargo, los compromisos presentados en Niza por varios países podrían aumentar de forma significativa el porcentaje global de áreas protegidas. Francia busca actuar como pionero e incentivar a otros países a adoptar medidas similares.
La estrategia sigue un patrón ya observado en la política internacional climática: algunos países establecen estándares ambiciosos con la esperanza de crear una dinámica que impulse a otros gobiernos a actuar.
Si este enfoque tendrá éxito aún está por verse. Muchos países en desarrollo y emergentes señalan la falta de recursos financieros y la importancia económica de la pesca para sus poblaciones. Esto complica las negociaciones internacionales sobre medidas vinculantes de protección.
La verdadera prueba de fuego comenzará tras los anuncios políticos. Las zonas marinas protegidas solo generan efectos si son monitoreadas y controladas efectivamente. Esto supone desafíos logísticos considerables, especialmente en regiones remotas del Pacífico. La vigilancia satelital, la cooperación internacional y los recursos financieros adecuados serán determinantes para prevenir la pesca ilegal y otras violaciones.
No obstante, la Conferencia de los Océanos en Niza marca un punto de inflexión importante. Francia señala que la protección de los mares no debe ser considerada una cuestión marginal de la política ambiental, sino una tarea central de la gobernanza internacional. Ante las crecientes presiones sobre los ecosistemas marinos, podría demostrarse que el futuro de la conservación ambiental global se decidirá no solo en tierra, sino especialmente en los océanos del mundo.
Andreas M. Brucker