Es una tranquila mañana de domingo que de repente se ve sacudida en Beausoleil. En la pequeña comunidad situada sobre Mónaco, al este de Niza, una mujer de más de 80 años es encontrada muerta en su apartamento. Poco después queda claro: su marido está bajo custodia policial. La acusación es grave: asesinato del cónyuge.
Según la fiscalía de Niza, el hombre, también de edad avanzada, se presenta inicialmente en un hospital. Allí admite haber matado a su esposa. Esta declaración desencadena una cadena de acontecimientos que conduce rápidamente a la residencia de la pareja en Beausoleil. Los servicios de emergencia y los agentes de policía intervienen el domingo por la mañana.
En el apartamento, los intervinientes hacen un triste descubrimiento. La mujer yace sin vida en el suelo, con varias heridas sangrantes. Cualquier ayuda llega demasiado tarde para ella. La escena del crimen queda acordonada, los investigadores comienzan su trabajo mientras una sensación de incredulidad se extiende por el vecindario. Aquí la gente se conoce, se saluda y, de repente, se abre este abismo.
El marido es detenido y puesto bajo custodia. Está siendo investigado por «asesinato del cónyuge». La fiscalía ordena la apertura de una investigación y las diligencias posteriores son llevadas a cabo por la policía criminal de Menton. Las autoridades aún no se han pronunciado sobre las circunstancias exactas del hecho. El motivo sigue sin estar claro por el momento.
El caso forma parte de una deprimente serie de crímenes violentos en el entorno familiar que llevan años siendo objeto de debate en Francia. A menudo se piensa en parejas jóvenes, rupturas que se agravan, celos. Pero este crimen demuestra de forma inquietante: la violencia no conoce edad. Puede aparecer incluso allí donde solo se sospecha rutina, cansancio y envejecer juntos.
Para la justicia, comienza ahora la cuidadosa reconstrucción de los hechos. Para el vecindario, queda una sensación de vacío. Y para muchos lectores, la amarga constatación de que incluso una larga vida en común no protege contra escaladas trágicas. Uno niega con la cabeza, suspira en silencio y piensa: nadie lo habría esperado.