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Nachrichten.fr · June 17, 2026

Keir Starmer y la erosión gradual de la autoridad

Hasta hace pocos años, Keir Starmer era considerado el moderno reformista sobrio que debía guiar al Partido Laborista británico de nuevo hacia el centro político tras las fracturas ideológicas de la era Corbyn. Su victoria electoral en las elecciones parlamentarias fue interpretada por muchos observadores como el inicio de una nueva estabilidad. Pero ahora la euforia ha desaparecido. Malos resultados en elecciones municipales, descenso en los índices de aprobación y una creciente resistencia dentro de su propio partido han colocado a Starmer en una posición defensiva.

Lo especialmente oneroso es el hecho de que las críticas ya no provienen solo de los tradicionales sectores izquierdistas del partido. También los diputados laboristas pragmáticos expresan cada vez más dudas sobre la línea estratégica de Starmer. Muchos le acusan de haber disciplinado organizativamente al partido, pero sin haberle dado un proyecto político convincente. En una fase de incertidumbre económica, altos costos de vida y débil crecimiento, según muchos críticos, al Partido Laborista le falta una visión clara de política económica.

Starmer respondió a los ataques con el intento de fortalecer demostrativamente su autoridad. Cambios en el círculo de asesores, un control más estricto de los debates internos del partido y demandas públicas de lealtad debían señalar unidad. De hecho, con esto a menudo logra lo contrario. Varios colaboradores prominentes dejaron en los últimos meses el entorno del primer ministro, mientras que los conflictos internos del partido se están llevando cada vez más a la esfera pública. La imagen de un gobierno dividido daña considerablemente la credibilidad.

A esto se suman escándalos políticos y problemas de comunicación que minan aún más la confianza. Los opositores acusan a Starmer de un estilo de liderazgo tecnocrático sin pasión política. Los seguidores sostienen, por contraste, que precisamente su forma objetiva podría aportar estabilidad al Reino Unido tras años de turbulencias populistas. Pero en la realidad política de Londres no basta solo la competencia administrativa. También es decisiva la capacidad para mantener emocionalmente unido a un partido y encarnar creíblemente las expectativas sociales.

Por eso, dentro del Labour crece la nerviosidad. Algunos diputados ya temen que el partido pueda perder aún más apoyo en las próximas elecciones, si el gobierno no logra demostrar éxitos económicos. Tras bastidores circulan cada vez más especulaciones sobre posibles sucesores. Aún parece improbable una caída inmediata de Starmer, pero la dinámica recuerda a luchas de poder anteriores en partidos británicos, donde el descontento latente de repente se transformaba en rebeliones abiertas.

Por ello, los próximos meses serán decisivos. Si Starmer no logra estabilizar la situación económica y darle a su gobierno un perfil más claro, una crisis de liderazgo podría rápidamente convertirse en una cuestión de existencia para su futuro político. Para el Labour está en juego algo mucho más que la persona del primer ministro. Se trata de la cuestión fundamental de qué identidad política quiere representar el partido en la Gran Bretaña post-conservadora del siglo XXI.


La guerra en Ucrania entra en una nueva fase

Alrededor del desfile de la victoria en Moscú del 9 de mayo se observó una nerviosidad en el Kremlin que hace unos años habría sido impensable. Las autoridades rusas reforzaron enormemente las medidas de seguridad, por temor a que drones ucranianos pudieran incluso llegar a la Plaza Roja. El presidente Volodímir Zelenski reaccionó con una ironía demostrativa y declaró públicamente que “permitía” el desfile y que no llevaría a cabo ningún ataque. Moscú respondió con dureza, diciendo que no necesitaba la autorización ucraniana.

El episodio simboliza un cambio notable en el equilibrio de poder de la guerra. Rusia parece cada vez más a la defensiva —militar, política y psicológicamente. Al mismo tiempo, Ucrania se muestra más segura que en cualquier otro momento desde el inicio de la invasión.

En Rusia se extiende el cansancio de guerra. El conflicto ya dura más que la lucha soviética contra la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Pero a diferencia de entonces, hoy falta la sensación de una misión histórica o de una victoria triunfante. Las ganancias territoriales rusas en el frente son limitadas y se pagan a un costo enorme. Se estima que cientos de miles de soldados han caído desde el comienzo de la guerra. Además, drones y misiles de crucero ucranianos golpean cada vez con más frecuencia objetivos en el interior profundo de Rusia —incluyendo instalaciones militares, refinerías e infraestructuras.

Para Vladímir Putin se genera una presión doble: no solo debe controlar la guerra en el frente, sino también cada vez más el ambiente en su propio país. Aunque su aprobación sigue siendo alta, el entusiasmo por la guerra disminuye visiblemente.

Por otro lado, en el lado ucraniano el tono ha cambiado. Zelenskiy parece menos dependiente de Occidente que hace dos años. Ucrania ha ampliado considerablemente su industria armamentística y se ha ganado una ventaja estratégica especialmente en el campo de la tecnología de drones. Los sistemas ucranianos se consideran ahora a nivel internacional como de alta tecnología y probados en combate.

Esto también cambia la dinámica diplomática. Mientras que Kiev antes actuaba casi exclusivamente como receptor de ayuda occidental, el país es cada vez más percibido como un socio militar y tecnológico. Los estados de Oriente Medio están interesados en la competencia ucraniana en defensa aérea y drones. Incluso Estados Unidos recurre puntualmente al know-how ucraniano.

Lo decisivo es sobre todo el papel de los drones. La guerra en Ucrania muestra cómo las tecnologías asimétricas pueden cuestionar la superioridad militar tradicional. Sistemas pequeños y comparativamente económicos permiten que un estado pequeño imponga costos altos de forma permanente a una gran potencia militar.

Sin embargo, sería prematuro hablar de un giro estratégico. Rusia sigue disponiendo de enormes reservas personales y materiales. Con el verano, las ofensivas en el frente podrían intensificarse nuevamente. Además, sigue abierto cómo se desarrollará la política estadounidense, especialmente en caso de un nuevo cambio de poder en Washington.

La guerra ya ha dejado una lección fundamental: para las grandes potencias es más arriesgado que nunca someter militarmente a estados más pequeños. Los drones, la guerra digital y las estrategias defensivas flexibles están cambiando las reglas de los conflictos modernos de forma irreversible.


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