París adora los escándalos políticos. Aún más la capital las historias en las que el poder, los celos y el glamour se mezclan como champán en una recepción del Elíseo. Precisamente por eso un nuevo libro sobre Emmanuel y Brigitte Macron causa tanto revuelo.
En el centro está una escena que ya en 2025 dio la vuelta al mundo.
Entonces se abrió la puerta del avión presidencial en Hanói, las cámaras filmaban —y de repente parecía como si Brigitte Macron le diera a su marido un gesto brusco hacia la cara. Solo segundos. Borroso. Pero suficiente para que Internet entrara en hiperventilación colectiva.
El Elíseo restó importancia al incidente. Fue, dijeron entonces, un gesto inofensivo. Quizá un malentendido. Quizá solamente un ángulo de cámara desfavorable. Pero momentos como ese funcionan en tiempos de redes sociales como una chispa en hierba seca.
Ahora el periodista Florian Tardif echa más leña al fuego con su libro Un couple (presque) parfait.
Según su relato, Brigitte Macron habría descubierto en el móvil del presidente mensajes de la actriz franco-iraní Golshifteh Farahani. Se habla de una “relación platónica”, pero también de mensajes que al parecer parecían mucho más personales de lo que a un asesor presidencial le gustaría.
Se habrían pronunciado frases como «Le encuentro muy guapa».
¿Si eso es realmente cierto? Ahí es donde empieza el problema.
Hasta hoy no existe ninguna prueba pública de esa versión. No se han publicado mensajes ni documentos confirmados. El entorno de Brigitte Macron niega categóricamente las afirmaciones. Confidentes de la primera dama incluso aseguran que ella nunca mira el móvil de su marido.
La propia Golshifteh Farahani ya había descartado rumores anteriores sobre una supuesta cercanía con Emmanuel Macron. Especulaciones como esas, dijo en su momento, revelan sobre todo una “falta de amor” por parte de quienes las difunden.
Y aun así, Francia vuelve a debatir.
¿Por qué, en realidad?
Porque la historia encaja a la perfección con la imagen que muchos ya se han hecho de los Macron: una pareja inusual, observada, analizada e interpretada permanentemente. Cada mirada, cada gesto, cada pequeña irritación se transforma al instante en teatro nacional.
A eso se añade la figura casi cinematográfica de Farahani.
La actriz es desde hace años una personalidad llamativa: exitosísima a nivel internacional, comprometida políticamente, obligada al exilio desde Irán, a la vez misteriosa y poco convencional. En resumen: el tipo de figura de la que nacen los mitos mediáticos modernos.
Lo realmente interesante, sin embargo, está en otro lado.
El caso muestra hasta qué punto la línea entre vida privada e imitación política se ha desvanecido por completo. Antes, un momento breve en la escalinata de un avión quizá interesaba a unos cuantos paparazzi. Hoy bastan tres segundos de vídeo para que millones de personas en todo el mundo proyecten sus propias historias.
Un poco de política.
Un poco de cotilleo.
Un poco de dramatismo al estilo Netflix.
Y zas: se activa el modo serie global.
Si el incidente alguna vez se podrá esclarecer, es dudoso. El periodista se apoya en sus propias investigaciones. El Elíseo lo desmiente. Los implicados lo niegan. Lo único que parece seguro hasta ahora es una cosa: la fascinación por la pareja Macron sigue intacta.
Francia no solo ama a los presidentes.
Francia ama las historias de presidentes.
Por C. Hatty