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Nachrichten.fr · June 25, 2026

¿Nacionalizar TotalEnergies? La izquierda francesa pide el regreso del Estado en la política energética

Con la solicitud de una posible nacionalización de TotalEnergies, Manuel Bompard, coordinador de La France insoumise (LFI), ha reavivado una vieja cuestión de principio en la política económica: ¿qué papel debe tener el Estado en las industrias estratégicas? Desde el punto de vista de la izquierda radical, la respuesta es clara. La energía no es una mercancía común de mercado, sino un componente central de la soberanía nacional, y por lo tanto no debería estar exclusivamente en manos de empresas privadas.

El motivo de la discusión fueron los elevados beneficios del gigante francés del petróleo y la energía y su papel en la política climática. Bompard sostiene que un control público sobre TotalEnergies no solo sería ecológicamente sensato, sino que a largo plazo también podría generar ingresos significativos para el Estado. La lógica detrás es sencilla: si una empresa obtiene beneficios multimillonarios y distribuye elevados dividendos, esos ingresos podrían en el futuro ir directamente a las arcas públicas.

La solicitud se enmarca en una larga tradición de la política económica francesa. Ya después de la Segunda Guerra Mundial, Francia apostaba fuertemente por industrias bajo control estatal. Amplias partes del sector energético, del transporte y financiero estuvieron durante un tiempo bajo control público. También en los años 80, el gobierno socialista de François Mitterrand impulsó amplias nacionalizaciones, antes de que posteriormente regresaran las privatizaciones.

Para la LFI, hoy se trata menos de una política industrial clásica y más de la gestión de la transformación ecológica. Una TotalEnergies estatizada podría, según las ideas del partido, concentrar más las inversiones en energías renovables, limitar la expansión de los proyectos fósiles y hacer que las evoluciones de los precios sean políticamente más controlables. Detrás de esto está la convicción de que el mercado por sí solo no sería capaz de organizar la transición energética lo suficientemente rápido.

La realidad económica hace que un proyecto así sea extremadamente complicado. TotalEnergies es una de las empresas más valiosas de Europa. Una adquisición completa por parte del Estado costaría probablemente, dependiendo de la valoración en bolsa, mucho más de cien mil millones de euros. Incluso una participación mayoritaria gravaría enormemente la ya tensa situación presupuestaria de Francia.

Además, un paso así no solo sería financieramente arriesgado, sino también políticamente y jurídicamente delicado. Los inversores internacionales podrían retirar sus capitales, los accionistas exigirían indemnizaciones y la deuda pública francesa probablemente seguiría creciendo. También se añade la cuestión práctica de si un Estado puede realmente gestionar de manera eficiente un grupo energético que opera a nivel global y que tiene actividades en decenas de países.

Sin embargo, se observa que el debate sobre una intervención estatal más fuerte en los sectores estratégicos está ganando importancia en toda Europa. La crisis energética causada por la guerra en Ucrania ha impulsado a muchos gobiernos a intervenir más en los mercados. Recientemente, Alemania y Gran Bretaña han intervenido temporalmente en las empresas energéticas para garantizar la seguridad del suministro y la estabilidad de los precios. La idea de que el Estado debe volver a ejercer un papel más fuerte de dirección económica en tiempos de crisis ya no se considera una posición puramente ideológica y marginal.

En Francia, sin embargo, una nacionalización completa de TotalEnergies sigue siendo por ahora improbable. Ni el centro político alrededor de Emmanuel Macron, ni las fuerzas conservadoras ni gran parte de los socialdemócratas apoyan actualmente un proyecto de tal magnitud. El debate muestra, sin embargo, cuánto las líneas fronterizas político-energéticas y económicas en Europa se están reformando bajo la presión del cambio climático, las crisis geopolíticas y la creciente inseguridad social.

Por Andreas Brucker