Hace pocos días aún calor sofocante, ahora lluvia, tormentas y temperaturas que a veces caen casi 20 grados. El cambio de tiempo a principios de junio sorprendió a muchas personas. Mientras se vuelve a sacar la ropa de abrigo que ya se había guardado para el otoño, surge otra pregunta: ¿cómo se adapta nuestro cuerpo a estos cambios bruscos?
La respuesta es: con dificultad.
El organismo humano trabaja constantemente para mantener su temperatura central alrededor de los 37 grados. Esta capacidad llamada termorregulación es una de las funciones más importantes del cuerpo. Pero requiere energía, y aquí comienza el problema cuando las temperaturas muestran variaciones extremas en pocos días.
Después de una semana de calor veraniego, el cuerpo ya se había adaptado a condiciones cálidas. Los vasos sanguíneos se dilataron para liberar el exceso de calor, la producción de sudor estuvo al máximo y el equilibrio hídrico debía mantenerse constantemente. Apenas el organismo se había ajustado a estas condiciones, vino un nuevo esfuerzo: aire frío, humedad y tormentas intensas exigieron de repente lo contrario.
Para el cuerpo, esto representa un gran esfuerzo.
Los médicos estiman que el organismo generalmente necesita alrededor de una semana para adaptarse a nuevas condiciones de temperatura. Sin embargo, si durante esta fase de adaptación llega un nuevo cambio climático, el sistema sufre un estrés adicional. Muchas personas lo sienten inmediatamente. Fatiga, dificultad de concentración, dolores de cabeza o sensación general de agotamiento son quejas frecuentes.
Especialmente afectados están actualmente estudiantes que se encuentran en plena época de exámenes. Quienes ya tenían dificultades para concentrarse con el calor intenso, no se sienten refrescados con el enfriamiento posterior. Por el contrario, el cuerpo ahora debe gastar energía adicional para producir suficiente calor y mantener estable su temperatura.
El cambio de cálido a frío suele ser algo más fácil para el organismo que el proceso inverso. Sin embargo, la carga sigue siendo notable. Muchas personas se sienten realmente “agotadas” en estas fases. No es de extrañar: el cuerpo trabaja permanentemente en segundo plano para contrarrestar las condiciones externas.
Un error común persiste. Las temperaturas bajas por sí solas no causan enfermedades. Ni virus ni bacterias se interesan especialmente por si afuera hace 35 o 15 grados. Los resfriados no se originan por el frío, sino por agentes patógenos.
Sin embargo, existe una relación. Cuando el organismo se ve afectado por fuertes cambios de temperatura, el sistema inmunitario puede funcionar algo menos eficientemente. Así, los agentes patógenos que normalmente serían controlados con facilidad encuentran vía libre. Esto explica por qué algunas personas se enferman con más frecuencia tras cambios drásticos de tiempo.
Para sobrellevar la montaña rusa climática actual, conviene seguir algunas reglas simples. Principalmente, adaptarse a las nuevas condiciones y no caer en el error de pensar que el calor de días pasados aún está presente en el cuerpo. Una chaqueta ligera puede ser más útil ahora que demostrar resistencia al mal tiempo.
También sigue siendo fundamental beber suficiente líquido. Muchas personas reducen automáticamente su ingesta de agua cuando bajan las temperaturas. Sin embargo, el cuerpo continúa necesitando suficiente agua para mantener el metabolismo y la regulación térmica. Un vistazo simple al color de la orina ofrece una buena indicación del estado de hidratación.
Las condiciones más agradables para el organismo humano se dan a temperaturas alrededor de los 20 grados. En este rango, el cuerpo debe gastar relativamente poca energía para mantener el equilibrio interno.
Sin embargo, el inicio de este verano está lejos de esas condiciones. Entre olas de calor, tormentas y masas de aire frío, el tiempo muestra toda su naturaleza impredecible, y nuestro cuerpo trata de mantenerse al día.
Por C. Hatty